A partir del inicio de su presencia en Bs.As. y aún antes... Al contemplar, desde su infancia, la infinitud del horizonte de aquella inhóspita tierra, dedicada a la cría de ovejas, en su lucha constante contra el medio bárbaro, el aterrador frío del invierno, los espectrales vientos del oeste que no cesan de sangrar. En que el mito de la Patagonia rebelde, cruel y desolada tan solo se desvanece ante un espíritu perseverante y luchador. El tuvo un sueño.
Un Modelo Argentino para el Proyecto Nacional. Un Proyecto de país “con Justicia Social”. El de un pueblo libre dueño de su destino, con el dominio sobre sus propios recursos, poniendo la economía al servicio del hombre; con una sociedad justa, en la que el trabajador ejerza plenamente sus derechos y el trabajo sea un instrumento de desarrollo personal y donde los sectores postergados (niños, mujeres, ancianos) alcancen la vigencia de sus derechos, con una extensión de beneficios sociales a toda la comunidad que para ello se organiza; una colectividad autodeterminada frente al mundo, que se dicte sus propias leyes y regulaciones equilibrando lo individual y lo comunitario y urda su espacio geopolítico y el de su rol continental.
Un sueño en que el trabajo dignifique (cada argentino debe producir por lo menos lo que consume), el pleno empleo garantice la distribución de la riqueza mediante salarios que tiendan a la suba. Donde se haga realidad el derecho a la vivienda digna, a la protección de la salud, al esparcimiento. Se resguarde la niñez y la ancianidad. Y la juventud se apropie el deber de la esperanza.
Con un capitalismo moderno, participativo e inclusivo, en una alianza de clases de la que participen todos los sectores. Que se garantice la propiedad como función social, respetable de acuerdo con lo que establezca la ley, en que nadie legisle para hacer el mal. Donde el conductor político no mande, ordene y se cumpla. El conductor político es un predicador que persuade, que indica caminos y que muestra ejemplos: y entonces la gente, a conciencia, lo sigue.
El tuvo un sueño. Un sueño que se materializó en la Constitución de 1949, una alianza social, debatida, consensuada e institucionalizada para que se convierta en la herramienta de una Argentina: libre, soberana y socialmente justa.
La muerte de Juan Perón, y el golpe de estado de 1976, deja inconclusa su misión.
Y el presente nos encuentra sin haber logrado interpretar su sueño, peor aún, no nos hemos atrevido a creer en él. Tal vez, porque sin más nos prometía una revolución pacifica. Seguimos delirando con la bestial lucha de clases, con ideologías extrañas que minusvaloran la dimensión individual del hombre. Tan solo canturreos de sirenas que, como proyectos revolucionarios, fueron quimera que embelesaron el espíritu del hombre.
Argentina, sin peronismo, se incorporará al proyecto de no-comunidad, claudicando al paradigma global y arrastrando con ello a Latinoamérica. Ingresamos a un modelo consumista, que sustituye la producción por la especulación, recortando la distribución de la riqueza, reduciendo el crecimiento, neutralizando el derecho a la justicia social. Este modelo de no-comunidad percibe a los jóvenes como objetos de consumo y produce para quienes tienen capacidad de pago y no para satisfacer las urgencias de la gente; opera sobre el deseo, convirtiendo en "necesidad" humana lo lucrativo.
Todo lo que era colectivamente amparado por la Constitución del’49 fue ‘mansamente’ entregado, privatizado, desregulado, desreglado. Lo que fue un derecho se convirtió en un negocio, permitiendo el despojo de lo que era de todos, los recursos naturales y el capital social.
Nuestra no-comunidad va incorporando los valores del conserva-liberalismo, emergente de la Matrix de esta “globalización”. Aprobado como modelo único, elástico, idóneo para adaptarlo a las diferentes realidades existentes y como sustento de la democracia moderna que debe limitarse a garantizar la libertad económica y la ultra-libertad individual. La verdadera realidad se esconde tras lo aparente: un mundo dominado por el mercado, deshumanizando a la humanidad para utilizar nuestros cuerpos como simple fuente de consumo. Todo certificado, desde lo filosófico, por el yoismo; rechazando toda creencia en lo supranatural, no aceptando la fe ni a los sentimientos como medios de conocimiento. La virtud básica del hombre es su racionalidad triangular: razón, propósito, superyó. Ven al hombre como un fin en sí mismo, anulando cualquier forma de altruismo que pretenda una moralidad fundada en vivir en función del colectivo. Oponiéndose fatalmente a que el Estado equilibre los intereses del capital y las necesidades del obrero.
Arribamos al final del camino, al fin de la historia (?).
Esto resulta semejante a la época del umbral de la Revolución Industrial: cada uno debía resolver por sí sus propios conflictos. Pero, cómo no nos dimos cuenta de esta contramarcha?
La sociedad se "entera" de lo que sucede a través de los mass media, oficialmente privados, cuyos contenidos son eficaces a los productos y a los intereses que defienden. Apuntan a más entretenimiento y a menor información general. Las noticias que se transmiten son incompletas y deformadas, con censura o autocensuras, ocultando y expandiendo un hábitus consumista. “La verdadera escuela global es la televisión, instrumento de los multimedios carterizados; su Ministro de Educación, la pauta publicitaria.” Los avances técnicos de la información y de la comunicación son el medio de inserción y de realización de lo cultural. La libertad es reemplazada por una dominación mediática, la pantalla única. Una aterradora vida bajo el control remoto del “Gran Hermano”.
A lo que debe sumarse la complicidad de los centros académicos (e incluso periodísticos y artísticos) que, conciente o inconcientemente, siguen anclados en un pasado de pura subjetividad retórica, interpretando las zonceras europeas para adaptarlas a nuestro formato pedagógico. Y sus séquitos de imberbes, cual 300 espartanos, se parapetan en los desfiladeros de las calles y en edificios públicos, con sus reclamos cirenaicos, en que la satisfacción de los deseos personales inmediatos, sin tener en cuenta al colectivo, se considera el supremo fin de sus ‘barajadas’ existencias.
Después de casi doscientos años, debemos enfrentar el hecho trágico de que no somos soberanos. Somos satélite de un megalómano bolivariano, mendicantes del Goliat brasilero o, como en el Gobierno francés de Vichy, ‘colaboracionistas’ de Washington. Estamos retrocediendo, y sólo Dios sabrá hasta donde! La injusticia, la explotación a los obreros degradados a autómatas o bestias, permite a las Corporaciones incrementar sus rentas y fortunas aún más, mientras los trabajadores se hunden en la miseria en la “Metrópolis” K.
Después de más de sesenta años, debemos enfrentar el hecho trágico de que tampoco la clase obrera aún es libre. La vida del trabajador se halla todavía minada por los grilletes de la injusticia, sobreviviendo en un feudo de pobreza en medio de un vasto continente de prosperidad material. El obrero languidece en los rincones de la argentina, exiliado en su propia tierra.
Pero, tenemos un sueño! Que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo, de esta verdad axiomática: que todos los hombres puedan vivir con Justicia Social.
Y cuando esto ocurra, cuando todos los hijos de esta casa Argentina sean capaces de unir sus manos, tronará desde cada pueblo y cada rancherío, desde cada provincia y cada ciudad, desde Ushuaia a la Quiaca, las letras de esta vital estrofa:"¡…todos unidos triunfaremos...! Y cuando llegue ese día podremos escribir: .-“el sueño de Perón se ha completado. Se ha logrado!”


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